sábado, 4 de mayo de 2013

Dos llamadas



El azar, ese extraño que caminó junto a ella.

Solo el azar supo como dibujar, con un contorno de sombras, cuatro destinos que no se hubieran encontrado de otro modo, solo las coincidencias pudieron hacer que sus vidas se cruzaran hasta un final inesperado. ¿O fueron esas llamadas?...

La tarde no era la apropiada para estar caminando junto a la orilla. Pese a ser finales de marzo, el Atlántico de Ribadesella era un paisaje abrumador, un hambriento oleaje que nos echaba sus zarpas como una fiera.
La arena se hundía en cada huella húmeda, descubriendo capas más profundas de agua desconocida y extraña en el mismo momento en que nuestros pies se alzaban para dar el siguiente paso. Caminábamos contra un Noroeste que se envalentonaba más conforme caía el sol. Aún así no dimos marcha atrás, porque tú y yo nunca lo hicimos ¿verdad?

Por eso continuamos ese absurdo paseo a ningún lado, tenías tanto de que hablar. Necesitabas contarme lo sucedido en los últimos treinta años, como si yo no lo supiera, y acabamos en el único bar abierto en ese tramo de costa, sobre el mismo acantilado en el que pasábamos las horas muertas cuando éramos adolescentes, tumbados sobre la hierba, con el cielo abajo y el océano arriba.No recuerdo si le cogí la mano pero sí que lo deseé todo el tiempo, casi toda la vida, y ella lo sabía.

Marina ya no era joven y tenía su mirada azul agrietada, pegada al horizonte, mientras intentaba contarme todo con una voz ronca que se confundía por momentos con el rugido del mar y del viento. Pausaba sus recuerdos con desesperadas bocanadas a su cigarro, algo que se había convertido a esas alturas en parte de ella.Yo la escuchaba sin atreverme a mirarla, ni siquiera interrumpirla, porque compartía el mismo paisaje turbulento. Siempre nos atrajo el mar, como a quien le atrae la libertad, y por fin después de tantos años parecía tan nuestro, tan al alcance de la mano.

“Julio y Martín coincidieron desde el primer curso de la universidad, si te acuerdas ninguno de los dos era de la ciudad. Pero la casualidad hizo que sus familias fueran a vivir allí el mismo año, la familia de Julio vino desde León, su padre fue nombrado director de la nueva oficina principal de Correos en la Acera de Recoletos. La familia de Martín, de clase media, vino de Tordesillas a probar fortuna y abrieron la librería de la calle Poesías”.

“Los dos se conocieron al matricularse en la misma facultad, quizá solo querían tener el título para ascender por la escala social presionados por el origen humilde de sus familias. Desde el primer curso de Derecho hicieron una estrecha amistad que los llevó demasiado lejos, compartían muchos intereses, sobretodo la literatura. Sus interminables conversaciones, en esas tardes sospechosamente solitarias, por el Paseo del Principe hablando de sus escritores favoritos, que acababan en esas reuniones del club de literatura en la librería de los padres de Martín, al que tú y yo acabamos uniéndonos, y ahí la vida nos dio un giro total, hasta traernos a este acantilado”.

“El estigma de ser foráneos. Quizá esto último fue lo que más les unía; el sentirse excluidos de esta ciudad. Pero supongo que eso les hacía libres, ¿no?”

“Sin embargo tú y yo teníamos nuestras vidas, incluso la rutina diaria, marcadas por los relojes de la seca sociedad de la meseta, éramos rehenes de la conformidad, de la cómoda existencia encajada entre cuatro avenidas, un parque y el rio Pisuerga. Que maldita comodidad, Carlos, la esclavitud de la llanura. Desde la que soñábamos con este Mar.”

“Y por eso me obligaron a estudiar farmacia, para que la Antigua Botica Bellogín pudiera seguir abierta, sin importarles lo más mínimo si a mí me interesaba la química o las fórmulas, lo importante era el negocio y la apariencia de la familia. ¿Te acuerdas de la habitación donde mi padre hacía sus cremas y experimentos?, el laboratorio nos gustaba llamarlo, era nuestro escondite de las tardes de colegio. A nosotros nos parecía una esquina secreta del final del mundo.”

“Detrás de la rebotica, tú y yo con quince años. Con nuestras hormonas revolucionadas por el olor a cloroformo y alcohol, ese espacio mágico de probetas y tubos de ensayo, todo ese cristal distorsionando nuestros cuerpos livianos. Tú siempre me decías que necesitabas verme allí porque no había luz en toda la ciudad como la que entraba por esos ventanales y se reflejaba extrañamente en las mesas de metal, rebotando como loca en el instrumental de laboratorio. Te transformabas y me lo contagiabas, acabábamos los dos en ese absurdo baile que nos inventamos alrededor de las mesas, ¿te acuerdas Carlos?”

“Sin embargo tú fuiste fiel a tus planes e hiciste la licenciatura en Psicología. Eras el raro del grupo, el rebelde, siempre hablando de los procesos mentales, el subconsciente, el psicoanálisis y esas historias tan raras. Y luego te dio por el yoga nidra, las constelaciones familiares y esas locuras. Por eso quizá te quedaste soltero...”

Ella sabía que eso no era cierto, pero en ese momento empezó a llover con furia y solo nos protegía el endeble techo de plástico de la terraza del bar. El mundo se oscurecía por momentos pero Marina solo se detuvo para encender otro cigarrillo. La furia de la naturaleza no podría detener el empuje de una memoria tantos años frustrada, que ya caía en una cascada imparable. Yo sabía que Marina no podría decirlo, pero a esas alturas ¿qué importaba?, y sin embargo no podría, no podría admitir que se quedó embarazada de Martín después de unas de esas tardes tan intelectuales del club de literatura.

La planta alta de la librería, Marina tenía que hacer memoria. Le costaba recordar, lo supe porque pasaba la palma de la mano repetidamente y como una autómata sobre la superficie de la mesa, con el cigarrillo titubeante atrapado entre dos dedos, mientras bajaba la mirada al suelo, retirándola del mar. Era la Marina obsesiva y ausente que quedaba después de tantos vendavales, el desguace de lo que llegó a ser una fantástica maquinaria.

El edificio número siete de la calle Poesías pasaba desapercibido por su aburrida fachada del siglo XIX, solo se salvaba del desprecio de los vecinos por la remozada planta baja que ocupaba ahora la librería. De la trasera de la tienda salían unas estrechas escaleras que subían a una planta alta polvorienta en la que se apretujaban una pequeña habitación que servía de almacén de libros y oficina y otra habitación algo más grande y menos oscura que tenía un balcón al lateral de la Inspiración. Esa habitación fue siempre un dormitorio y los padres de Martín no se molestaron siquiera en cambiarle los muebles.

“Martín era para mí el sexo, la intimidad, la soledad de esa planta alta, el suelo de madera oscura. Pero tú nunca me perdonaste. ¿Y qué has hecho durante esta eternidad? ¿Venir a recoger los restos a esta playa?”
Entonces tuve que hablar. Porque ella no sabía la verdad de las dos llamadas.

Y tuve que hablar para intentar detener a la noche, que se iba adueñando imparablemente de las dunas, de la terraza, de nuestros cuerpos. Entonces entendí que una vez que la oscuridad fuera completa ya no tendría sentido explicarle nada. Tenía como mucho diez minutos para resumir media existencia y recuperar a Marina. Y después todo quedaría el rugido del océano, el baile de la luna y el eterno vaivén de las mareas.

Marina, ¿recuerdas cuando los padres de Julio tuvieron ese terrible accidente de carretera?, no respondió, pero el movimiento oscilante de su cigarrillo delató el esfuerzo por recordar todo lo ocurrido desde entonces. Una inspiración profunda y en menos de tres segundos se perdió en una nube espiral de tabaco rubio, era su manera de contactar con aquellos años.Fue el verano que yo volví de mis estudios de posgrado en Francia, donde terminé el doctorado en Manipulación de las Fluctuaciones del Subconsciente. Ya por entonces pertenecía al selecto grupo de Seguidores de la Visión Penetrante, los Vipashyana. 

Empecé a tratar a Julio cuando ya se encontraba en un estado muy avanzado de depresión. Comencé con suaves sesiones de Yoga Nidra para explorar su mente, nadé en una primera capa oscilante de pensamientos livianos y flotantes, anclados en el pasado reciente. Fue fácil entrar en la siguiente capa del subconsciente, donde me encontré con una mezcla densa de de celos, traumas dolorosos de la adolescencia y apegos egocéntricos. Necesité varias sesiones intensas de hora y media para poder introducir la llamada. 
En la llamada su madre le pedía, le rogaba más bien, que terminara con su vida en la ciudad y se fuera con ella y con su padre, le explicaba como su existencia en ese lado se hacía insufrible, que lo echaban muchísimo de menos. Le suplicaba que dejara todo lo que estuviera haciendo aquí y se marchara con ellos.

Como era previsible, Julio empezó a deteriorarse a las varias semanas de terminar las sesiones terapéuticas, cayó enfermo gradual e imperceptiblemente, nadie se alarmó. Perdió peso hasta convertirse en un esqueleto viviente. Y después de varios meses de sufrimiento, ¿vas recordando?, falleció en el Hospital Campo Grande.

Marina ni se inmutó, se limitó a encender apáticamente otro cigarrillo, pero extrañamente lo manoseó pasándolo de un dedo a otro mientras se le dibujaba una especie de sonrisa, antes de encenderlo con un lánguido chasquido de mechero.

Con Martín fue muy diferente, él vivía en una sucesión de instantes inconexos, casi caóticos. Un flujo de indomable de pensamientos confusos y agitados que lo torturaban mentalmente y que lo dejaban exhausto al final del día.

Te odiaba Marina, créeme. A ti y al niño que no nació, a tu familia y a todo lo que rodeaba vuestro matrimonio. Atravesar esa superficie me costó muchas horas de prácticas de rotación de conciencias, desapego del Yo, y de forzar emociones opuestas hasta llevarlo al límite de la mente. Pero cuando lo conseguí se abrió la puerta súbitamente a un subconsciente que parecía una habitación desnuda y silenciosa, como una tumba vacía. Me recordó a la planta alta de la librería, donde los ecos ya volvían rebotados desde el dormitorio cuando subíamos por las escaleras. Una habitación sin apenas muebles, oscura y con vistas a un miserable callejón. Y donde ninguna llamada podría permanecer en el aire, acaso permanecer insustancial y efímera, inaudible por el tumulto de pensamientos que inundaban la mente de Martín.

Marina cruzó las piernas en un movimiento brusco, apagó violentamente el cigarrillo con la suela del zapato, dejándolo humeante y mortecino en el suelo de cemento. Levantó la cabeza y por fin me miró a la cara, desafiante y asombrada. Abrió la boca para decirme algo, pude leer su pensamiento, pero en ese momento empezaron a caer estrepitosamente los cierres metálicos de la barra del bar, se apagaron todas las luces y se oyeron voces agrias avisando del cierre. Calculé cinco minutos para el fin.

Después de varias semanas buceando en el oscuro submundo de Martín tomé la decisión, totalmente desaconsejada por todos mis maestros y por los expertos en estas técnicas, de introducirme en la temida tercera capa. El espíritu.

Me temía lo peor. Presentía lo que me podía encontrar al fondo de una habitación tan desolada, un habitáculo completamente a oscuras, sin un resquicio de luz exterior, con el aire viciado por la falta absoluta de ventilación, y muy posiblemente con lo que más me temía: arrinconada en su interior habría una fiera enloquecida por años de encierro. Un espíritu putrefacto y sin posibilidad alguna de recuperación.

Menos de un minuto para que la última brizna de claridad despareciera para siempre detrás de la inmensa negrura del horizonte, y aún tenía que contarle la verdad de la muerte de Martín. Varios días después de terminar la terapia recibió una llamada de la persona a la que más quiso, Julio. Una noche en mitad de un sueño turbulento, Julio le dijo entre sollozos que lo echaba de menos desesperadamente y le confesó que siempre lo había amado con locura. Le imploró que se viniera a vivir con él, a vivir la eternidad.

“Y un día al cerrar la farmacia al final de la jornada me avisaron del servicio de salvamento civil que habían encontrado su cuerpo flotando aguas abajo en el Pisuerga. Algunos testigos lo vieron saltar del Puente Mayor. Ahora empiezo a recordar, ahora lo veo más claro, ya sí entiendo todo Carlos”.

Un estruendo de olas golpeó la base del acantilado haciendo temblar el bar, el miedo nos cogió de la mano y bajamos a oscuras por unas escaleras labradas en la roca. El Noroeste lloraba y nos abrazaba queriendo despedirse. Al llegar a la parte baja la marea alta ocupaba la playa, pero ya avanzábamos entre recuerdos que flotaban, el baile de la luna clara y suaves algas de libertad.

Aún así no dimos marcha atrás, porque tú y yo nunca lo hicimos ¿verdad?


José María Sánchez Alfonso
Mayo de 2013



domingo, 31 de marzo de 2013

Cantus Inaequalis



 Los veloces Frecciarossa parten puntualmente, cada hora, de la estación Central de Bolonia con destino a Florencia y Roma. Pero el pasado 25 de enero, tras un imprevisto de última hora, el tren de las diez de la mañana salió con casi veinte minutos de retraso. El asiento 2A del coche de primera clase, reservado todos los viernes, viajó en silencio por la densa bruma invernal de la Llanura Padana.
Allegro
El barrio Judío de Bolonia es el lugar perfecto para que un secreto quede oculto para siempre. Y el Palazzo Bonaccorso parece haber sido construido para que sus enigmas quedaran perfectamente cerrados bajo llave.
En todos los palacios de Bolonia hay una habitación que no aparece en los planos, llamada camera separata y proyectada con tal habilidad que hiciera imposible su localización. Por supuesto que las cameras separatas tenían un uso inconfesable, como casi todo en esta ciudad. Bolonia está trazada para ahogar ecos y habladurías, pero es lo suficientemente elegante para no tapar del todo lo inmoral.
El Bonaccorso pertenecía desde hace siglos a la Iglesia Católica, y la madre Sofía, de labios apretados y ánimo seco, era la superiora de la pequeña comunidad de monjas carmelitas que lo administraba. Convertidas por la oscuridad y el paso de los años en susurrantes fantasmas cubiertos de un negro polvoriento, controlaban metódicamente el palazzo desde el sórdido subterráneo del edificio.
Entre el asfixiante aire del sótano y la vetusta luminosidad de arriba, donde estaban las habitaciones del padre Ettore, había un patio renacentista de piedra rojiza, un salón de actos donde practicaba el Coro de niños de Santo Stefano, y la capilla con cristaleras emplomadas orientadas a la lateral Viale dalla Ocultazzione. El primer y segundo piso del palazzo eran un enjambre de dormitorios espartanos, de techos altos, corredores en disposición caótica y sin iluminación natural, e innumerables puertas que abrían a más pasillos, escaleras, recodos y rincones inútiles.
Esos dos pisos estaban ocupados por un selecto ejército de 120 niños de entre diez y dieciséis años de edad, pertenecientes a la élite de la ciudad docta e grossa. Eran los hijos de las influyentes familias de la ciudad; médicos, abogados, notarios, políticos o comerciantes.

Andante
La cocina, después del amanecer, cuando los niños ya han desayunado y se dirigen al coro, es un continuo ir y venir de hábitos y murmullos, actividad incesante y temerosa, resonancia de platos y cubiertos metálicos, grifos que gotean hasta la extenuación, un vaivén de puertas y pasillos.
-Hermana Lorena, tengo miedo...
-No es miedo, son temores de novicia, tú reza en silencio mientras lavas los platos.
-No hermana, siento el miedo, en este edificio ocurren cosas...
-¡Por Dios!, ¿quieres bajar la voz? –la hermana Lorena se santiguó.
-Tú lo sabes mejor que yo, ya llevas más de tres años aquí. –Francesca no apartaba la vista de los platos y del agua helada del fregadero.
-Yo no sé nada ¡y baja la voz por el amor de Dios, que en este sótano se oye todo! –Lorena corría cada vez más nerviosa, llevando platos y cacharros, colocándolos en las alacenas para la siguiente comida.
-¡Tú también tienes miedo!, ¡no lo ocultes!
-¿De qué iba a tener miedo yo, hermana? –al terminar de decir eso le vinieron a la cabeza imágenes monstruosas, inconcebibles para su idea del mundo, un estremecimiento le recorrió el cuerpo y tuvo que agarrarse al borde de una mesa para mantener el equilibrio.
-De todo, miedo de todo, de los pensamientos que se oyen cruzar el pasillo de madrugada, de las ratas que viven en este sótano y de las que entran de día con traje y corbata por la puerta de Via dell’Inferno...
-¡Hermana, te condenas! –y rompió a llorar– ¡tu boca es la del diablo!, ¡ciérrala!
-¡Tú lo sabes, como lo sabemos todas!, de lunes a miércoles vienen esos hombres a ver al padre, ¡la madre Sofía les abre esa maldita puerta! Y el chofer me ha contado que el padre Ettore viaja a Florencia todos los viernes –su tono de voz ya era un susurro, apretó el crucifijo con una mano y cogió fuerzas para terminar– y que allí se encuentra con un enviado de Roma, de la misma Santa...
 -¡¡¡ Qué pasa aquí !!!, –irrumpió en la cocina la voz penetrante de la madre Sofía, que dejó paralizadas a las dos monjas– ¡¡de qué habláis!!, ¡dejaros de cháchara y terminar de recoger!

Nocturno
           Los altos ventanales de los dormitorios eran de forma ojival y estaban todos dispuestos alrededor del patio central. Había muy pocas ventanas en el edificio que dieran al exterior, dándole un aspecto más de fortaleza medieval que de palacio renacentista. Carlo Manzzini fue el último chico en incorporarse al internado.
-Enzo...¿Enzo?...chisss...¿estás despierto?...
-Es más de la una, estamos durmiendo, ¡qué demonios quieres!
-Enzo, no puedo dormir, me da vueltas todo...
-Pues inténtalo, ¡mañana hay misa a las ocho y media de la mañana! Y coro después...
-Se lo he contado a mi padre...
-¡de qué hablas!, ¡calla y cierra los ojos que nos van a pillar!
-No puedo Enzo, ya no puedo, le he contado lo de nuestras visitas al padre los jueves después del coro, la camera separata de arriba...
-Calla, calla ya, aquí nadie habla de eso, nadie, no nos metas en líos Carlo.
-Te juro que mi padre estuvo ayer aquí, me lo encontré, Enzo, ¡me lo encontré!...
-¡Mentira!, ¡duerme de una vez!
-Ayer cuando subíamos del desayuno...una de las puertas de la primera planta... la que da a las escaleras traseras, estaba abierta Enzo...
-¡Mentira!, yo también iba en la fila y no vi ninguna puerta abierta, ¡tú tienes fiebre!
-¡No tengo nada Enzo! Vi a mi padre de espaldas, justo cuando giraba en el rellano para subir a la segunda planta, lo llamé, no pude evitarlo...
-Mentiroso, todos sabemos que la madre Sofía siempre sube con los padres hasta el despacho del Padre Ettore, nadie entra solo en el edificio y menos por la puerta trasera.
-Yo no vi a la madre Sofía, mi padre subía solo, iba con traje y un maletín negro...
-¡Claro, todos suben con maletín!, ¡no has descubierto nada, tonto!, hablan de negocios y de sus cosas...¿de verdad hablaste con tu padre?

Miserere
No oigo la ciudad desde aquí arriba, o si acaso es un taconeo torturador, como un latido siniestro que insiste en rodear el palazzo, y que no me deja hasta bien entrada la madrugada. Daría mi alma por no oír ese murmullo que me acosa desde el laberinto de este barrio putrefacto”.
Diviso en toda su profundidad la húmeda Via dalla Ocultazzione, con sus soportales sucios y sus fachadas de ocres atormentados, ¡con esos oscuros pasajes que comunican con los callejones de la condena! Y la niebla no se va, esta maldita niebla de la llanura que toma la ciudad en el otoño, que se posa amenazante sobre mis ventanas, como la suave mano de una bestia que no me suelta, que no me deja vivir, ni dormir.
El pecado asciende libremente por las escaleras de piedra desnuda, hasta caer arrodillado sobre mis alfombras. Se eleva todas las mañanas en forma de canto trenzado por gargantas inocentes. Música para mi espíritu, que me alivia, y que me pierde. Tiemblo con sus tonos afilados, como cuchillas que me atraviesan el alma. Y mi único consuelo es mi condena

Rondó
El Lancia negro con matrícula diplomática reduce su velocidad al entrar en la zona peatonal. Sus neumáticos se deslizan silenciosos sobre los adoquines mojados. Luciano es un maestro y aparca impecablemente, con dos giros de volante encaja perfectamente el largo sedán entre la puerta trasera del palazzo y la señal que prohíbe aparcar.
Esta mañana del 25 de enero se ha adelantado quince minutos a su horario habitual. “Quince largos minutos”, se dice, “no necesito más”. Echa un vistazo a la calle, mueve los hombros y gira la cabeza de lado a lado para relajarse y tomar aire. Desliza la mano por la tela gris del traje, y al tocar el bolsillo exterior comprueba que todo está en orden. Solo entonces tira del cordón que cuelga de la fachada y que se disimula detrás de una falsa placa de mármol, “Palazzo Bonaccorso, costruito nel 1416. Divieto di accesso”.
-Luciano, el padre no está listo...
-Si me lo permite, – e interpuso una pierna entre la puerta y el muro – el padre me pidió el viernes pasado que hoy lo recogiera antes.
- Tendrá que esperar, no puede subir hasta que no me avise el padre, ¡Luciano!...
- Hay que hacer una parada antes de la estación central, necesitamos quince minutos –para entonces ya tenía todo el cuerpo dentro.
- ¡Luciano!, ¡espere aquí abajo, se lo ruego!...
Pero él ya no la oye, su respiración se acelera. Gira por el pasillo que lleva a las angostas escaleras traseras del palazzo. Luciano suda, sube ya los escalones de dos en dos, ahora tiene prisa. Siente como le late el corazón. Siempre termina sus trabajos. A pesar de la maldita madre superiora. Baja el ritmo en el rellano de la segunda planta, necesita tomar más aire. Le asalta un pensamiento, se debe a la familia Manzzini. Todo lo que es y tiene se lo debe a la familia. Se encuentra la puerta sin cerrar, solo tiene que girar suavemente el pomo y ya está dentro del territorio prohibido. Recorre las estancias como un tigre hambriento que ya huele su presa. Hasta llegar a la torre, el despacho.
Y allí está, apoyado en el alféizar de la ventana, contemplando su ciudad. El grueso maletín de cocodrilo ya preparado a su lado. Luciano tose falsamente para hacerse notar y el padre Ettore dalla Vedova, sorprendido, gira lentamente, ”Luciano...”.

Cantus Inaequalis
         Fue un largo abrazo, metálico y silencioso. Ese viernes, el Coro de Santo Stefano quedó ahogado por un canto agrio. Y por la fachada del Bonaccorso resbaló densa la agonía.                                                                                                        

jueves, 28 de marzo de 2013

Universo das Memorias



           Todas las mañanas recorres la colina en dirección a la parte baja de la ciudad, junto al océano interminable, buscando historias que escribir. Buscas las calles llenas de gente, el ajetreo, los acontecimientos, el movimiento de barcos en el puerto. La vida.


Pero un día decides bajar por otra cuesta y descubres una antigua mansión decadente, tiene la cancela oxidada y el jardín parece silvestre. En la entrada hay un cartel de madera ennegrecida por la humedad que reza: Universo das Memorias.


Entras, no sabes por qué,  simplemente esa mañana tienes más tiempo, nadie te espera abajo, o quizá en la tienda hoy te dieron medio día libre. Golpeas la puerta con la aldaba y te abre un joven muy moreno y alto que te muestra todas las estancias. Sorprendido y sin poder reaccionar durante toda la visita vas observando que las estancias están repletas de piezas, cachivaches y objetos de muchos países del mundo. Son recuerdos, vivencias, viajes, encuentros.


Insistes en bajar a diario a la gran avenida junto al mar, sigues buscando la vida, los ficus centenarios, la catedral colonial en la plaza, la cháchara y el cotilleo social. Se te ocurren pocas cosas que contar, la libreta se cubre solo del sudor de tu mano.


Hasta que un día vuelves buscando la sombra de ese  jardín de allá arriba, y el hombre moreno te dice que la mansión es de un poeta de la isla, Dom Joao Carlos Abreu, que se reúne con sus amigos escritores en una tasca literaria para proclamar poemas, en la rúa de Santa María. Pero que para escribir se sube al Universo das Memorias.

domingo, 24 de marzo de 2013

Por escribir poemas en la cama

Mañanas grises revueltas de asombro, en una cama de curiosidad acalorada, una cama de humedades puestas en duda. Te das la vuelta sin querer más, solamente por cambiar de postura. Y te abrazas a nadie, pero te agarras a algo, a una certeza quizá.
Entonces pia el pájaro de Whatsapp,
nunca se sale de la trama en una mañana gris
nunca te escapas de ese cuerpo que te atrapa
falso, no te ama, no eres feliz...

Solo es imaginación alimentada en soledad
solo en soledad, íntima soledad
pero el viernes no eras tú quien me llamaba,
Voz desconocida, grave y ahuecada, al teléfono
contándome la deseada mentira,
que el rio no era rio, que no había nevado por fin,
era mi nombre entre besos largos, no eran palabras robadas

Pero, ¿y si todo pudiera ser verdad?
¿solamente por escribirlo?, quien pudiera,
pensar que hace un viento blanco,
que una puerta se abre, las nubes se reflejan en la orilla,
soñamos que escribimos poemas de cualquier cosa
y que la noche cae, y un cuchillo brilla...
entonces somos Lorca, Auden, Neruda, Eliot o Borges.

El viernes estaba vacío, mojado, y así pasó una semana y llegó este sábado y este domingo, hasta que hoy decidí recorrerlo en asombro, en pura curiosidad, para que nada ni nadie me esperara, para que ninguna duda, ni siquiera un pensamiento pudiera darme una pista. Avancé aparentando solvencia y como si nada me importara...y así hasta escribir una historia...

jueves, 21 de marzo de 2013

Día de la Poesía

Nos podrán quitar la lluvia

hasta se llevarán el invierno

pero los días serán grandes, y tendremos el mar

Podrán quitarnos el aire

pero no el placer de respirar

nos podrán quemar la memoria

y vaciar de libros las bibliotecas

pero entonces volveremos a imaginar

el perfume de nuestras libretas.

Y después de todo qué quedará?

volarán las preocupaciones al viento

se oirán gritos de fondo “¡lo volveremos a intentar!”

pero daremos jaque al rey, y al dinero

y abrazaremos a la reina, la Libertad.

domingo, 17 de marzo de 2013

La altura

Mi pánico a la altura comenzó aquel día que mi familia decidió ir a la capital, para ver la gran regata anual que cruza la Bahía de las Islas. Hacía solo unos meses que habían terminado de construir la torre de comunicaciones Sky Tower y en la televisión se pudo ver como subía hacia el cielo el ascensor transparente lleno de gente entusiasmada. Ya ese día noté algo en esa torre que no me gustó. Y recuerdo que me juré para mis adentros “¡a esa torre no subiré!, ¡no subiré!”.


A los varios días de la inauguración ocurrió algo, mi madre dio un grito horrible y sacó a mis hermanos pequeños de la sala del televisor, mi padre balbuceaba algo como “Dios mío, Dios mío”. Yo no quise entrar, pero desde el pasillo pude ver como salía la gente de la gran torre con las caras pálidas. Algunas personas salían sostenidas por familiares.


Hacía un día espléndido aquel domingo de la gran regata, el puerto de Auckland estaba tomado por una multitud  disfrutando de los cientos de veleros saliendo lentamente hacia el Pacífico. La torre estaba a nuestras espaldas, detrás de los primeros edificios portuarios y de oficinas. Yo la ignoraba porque había oído decir a mis padres, durante el viaje en coche, algo de subir en el ascensor para ver la bahía desde allí arriba. 


Me temblaban las piernas y sudaba con disimulo cuando la gente empezó a circular, a moverse. Al llegar a los pies de la Sky Tower no quise mirar hacia arriba y creo que vi unas enormes manchas rojas lavadas en la acera. Quise imaginar a esa mujer cayendo al vacio pero un pude porque mis padres tiraron de nosotros hacia el interior del ascensor de cristal. No recuerdo nada más, ni las vistas de la bahía, ni la ciudad pequeñita allí abajo, no recuerdo nada porque durante la subida me desmayé. 

martes, 12 de marzo de 2013

Aceras del Realejo

Voy solitario aireando mi alma,
salí del paraíso riendo a carcajadas,
y ahora mírame: por las tristes aceras del Realejo,
leyendo poemas de emigrantes, escritos con puñales
en sus muros, de azules azulejos.

Solitario voy, por su rio de oro
que encarcelado corre bajo los patios de otoño,
ignorando montañas y fronteras,
que de ceguera niega el mar y las alamedas.

Que fría  es aquí la mañana
cuantos años sin reino, de espera
cayendo nieves como cuchillos
clavándose, helados, en la vega.

Que solitario me siento, fuera del castillo
paraíso de cuentos y poemas,
pero daremos batalla,  lo tomaremos con fuerza
y escribiremos todos, como el de los Mil Caballitos Persas.